Quizá estemos cambiando constantemente, sin darnos cuenta. Nos crece el pelo, las uñas, los deseos o los temores, sin que reparemos en ello hasta que las sensaciones superan cierto umbral. Entonces, caemos en la cuenta de algo que está pasando espontánea y constantemente.
Otras veces, cambiar es un objetivo, un deseo o una necesidad. Salir de un lugar en el que no nos sentimos bien o superar una limitación que ya se interpone demasiado entre nosotros, nosotras, y nuestros propósitos, nos reclama alguna acción deliberada. Sin embargo, cambiar a propósito ciertas actitudes sobre la vida, conlleva modificar aspectos que están cerca de nuestra identidad, y eso es material más sensible.
A veces sentimos una compulsión insatisfecha por movernos de donde estamos, en una búsqueda constante de la novedad, tratándonos entonces como un objeto que mover de un lugar a otro. O queremos acercarnos exigentemente a la mejor versión que imaginamos de nosotros, de nosotras, empujándonos en esa dirección lo mejor que podemos.
Sin embargo, los árboles no crecen a gritos. Ni a base de una disciplina ajena u hostil con nosotros mismos, con nosotras mismas. Cambiar, hacerlo real y profundamente, requiere de cierto mimo. Para empezar, mimo por lo que venimos haciendo hasta el momento, ya que las personas hacemos lo que podemos con lo que tenemos, y eso es lo que hemos estado haciendo hasta ahora, ni más ni menos.
Honrar nuestros esfuerzos hasta el momento para lograr lo que queríamos, para sobrevivir a la adversidad, para tratar de adaptarnos a las circunstancias que pensábamos que eran inmutables, merece nuestro más profundo respeto.
Para continuar, tenemos la posibilidad de vivir el cambio como una imposición inevitable -bien sea por las circunstancias o por otras personas- o como una oportunidad posible. Si logramos sentir nuestros pasos como propios, si tiene sentido no solo el destino sino cada uno de los movimientos hacia allí, el cambio será el resultado natural de las cosas, no un acto ortopédico, extraño o incoherente, que nos cueste más energía de la que tenemos.
Lo que tengamos que hacer para llegar del punto A al punto B dependerá de la situación concreta pero cómo lo hagamos hará sostenible el trayecto, los esfuerzos; o todo lo contrario. Ser nuestra propia compañía a este respecto implica, por tanto, tolerar el no saber todavía el resultado de lo que hacemos, mientras nos animamos a confiar en nuestras intuiciones, que no son más que un tipo de inteligencia inconsciente. Si tenemos dudas, podemos, por supuesto, preguntar a quienes nos quieren bien -no a los que nos critiquen gratuitamente- sobre cómo ven el camino que estamos haciendo, que nos reafirmen y nos animen cuando lo necesitemos. Por alguna razón importante estamos haciendo un camino que es difícil para nosotros, para nosotras, y dichos esfuerzos merecen también el respeto de los demás.
Cambiar debería ser un acto de amor propio, un regalo que hoy podemos permitirnos porque hoy podemos arriesgarnos a alejarnos de quienes fuimos, para adentrarnos en ese lugar nuevo que ya sabemos de algún modo que nos podrá acoger.
Cuando pensamos en cambiar, ya hemos cambiado, no hay vuelta atrás.